La palabra reliquia viene del latín relinquiae, “restos” y se refiere a cualquier artefacto capaz de obrar milagros. La primera mención a un reliquia (que permitió a la iglesia legitimar esta práctica) aparece en los Hechos donde se lee Dios obraba milagros extraordinarios a través de la manos de Pablo. Cuando los delantales o ropas que habían tocado su piel eran aplicados a los enfermos, sus enfermedades eran curadas y los espíritus malos salían (Hechos, 19: 11-12).
Entre todas las reliquias del mundo cristiano (y no es la única religión apegada a esta práctica: los budistas adoran un colmillo de Buda en Sri Lanka; dos cabellos de Mahoma se guardan en Jerusalén) no queda rastro de los delantales milagrosos de san Pablo, pero sí del espinoso problema que representan todavía las reliquias para la iglesia.
La selección celestial
Los santos, y por tanto las reliquias, nacen de necesidades humanas: el ansia de ver “superhumanos” y hechos milagrosos que fortalezcan nuestra fe. Aquí no me quiero meter con la fe de nadie: vamos a decir que los santos sí obran milagros. Pero la necesidad misma de darles un estatus no es diferente a lo que pasa cuando los hinchas de un equipo de fútbol se ponen felices porque les ficharon a una superluminaria, que para todos los efectos tienen superpoderes y vienen a demostrar que uno está con el equipo que es y todos los demás… bueno, son pobres almas equivocadas por las cuales podemos sentir lástima o pueden ser alzadas a patadas a voluntad por las barras bravas, al gusto del creyente.

Los almacenes eclesiales dedicados a vender novenas, sahumerios y efigies de santos son un problema insoluble. Desde el punto de vista estrictamente teológico, está aquello de Jesús y los mercaderes del templo. Pero esto representa una fuente de ingresos importantísima para la iglesia, es difícil separar donde comienza el comercio y terminan las misiones y la "religiosidad popular" simplemente no permitiía acabar esta práctica
Lo cierto es que los santos son un problema que mantiene perplejas a las religiones monoteístas: ¿se ve denigrada la divinidad de Dios cuando honramos humanos? ¿No es el culto a los santos politeísmo? Y hay jerarquías: vaya y verá como puede comprar una imagen de san Antonio, san Pablo, san Pedro o san Judas pero me cuenta cómo le va si pregunta por san Felipe, san Bartolomé o san Wenceslao. Para hacer más curiosas las cosas, se reza a santos que ya no están en el santoral, como Cristobal.
La posición de la iglesia ante los santos y sus reliquias es que sólo Dios es adorado mientras los santos son venerados. Una solución teológica elegante. Tramposa, pero elegante. El problema es que ni un solo fiel se pregunta cuando está haciéndole una novena a san Alejo si está cruzando la línea entre veneración y adoración. Es más, considerando sus santuarios, muchos santos son abiertamente adorados y no como buenos intermediarios o íntimos amigos de Cristo, que van y piden un favor a nombre de uno: en la mente de la mayoría de los creyentes, cuando a un santo se le ha dado un patronato es como si la presidencia de la empresa celestial aplicara las teorías localistas empresariales japonesas y entonces él tuviera poder de decidir de por sí y ante sí el resultado de la petición.
Tres tipos de reliquias
En el caso cristiano, en una época en que la iglesia era una sola (la oficial, no nos compliquemos con las vastas federaciones gnósticas) el asunto de las reliquias tiene una explicación sencilla: las persecuciones.
Según la tradición, la literatura y el cine, había gente en la corte romana dedicada exclusivamente a inventar nuevos tormentos. Las reliquias cumplieron el importantísimo papel de ser el legado de los grandes héroes de esos duros tiempos, que no sólo eran un ejemplo a seguir sino que por la mera fuerza de su fe les conferían a sus restos poderes sobrenaturales que servían para que los sobrevivientes los invocaran y fueran tirando mientras Cristo volvía.
La primera reliquia tangible fueron los huesos de san Policarpo. Según la historia, era un obispo de Esmirna. Teniendo más de ochenta años, acudió a un festival donde se tropezó con Estatio Quadratus, procónsul romano, que le exigió renunciar a Cristo. Por supuesto Policarpo se negó (tres veces, que en esto de las negativas las cosas como que sólo valen en ternas) y Quadratus lo hizo quemar vivo. A juzgar por el extenso y calmado discurso que se le atribuye al santo en el Martirio de Policarpo, no sólo era invulnerable a las llamas sino que se demoraron bastante bastante en arder… El hecho es que alguien recogió los huesos y se les empezaron a atribuir milagros y la idea corrió como incendio forestal.
La iglesia lo aceptó porque (1) No vamos a descartar aquí que los milagros fueran ciertos, no soy yo quién; (2) la idea de que la fe de un héroe religioso lo volvía después de muerto casi un semidios era bastante llamativa; (3) la idea era estupenda para afrontar las persecuciones y dar fortaleza a los fieles y (4) muy importante: una vez que la idea prendió y el pueblo se apoderó de ella, más allá de sutilezas y debates teológicos, hizo muy difícil pensar en dejarla.

La reliquia de la santa cruz presentada a la escuela de san Juan Evangelista; Lazaro Bastiani, 1494, en la Galería de la Academía, Venecia
Pero donde hay demanda hay oferta: si la gente quería reliquias, reliquias iba a tener. Una reliquia era genuina si la respaldaba una leyenda lo suficientemente vieja, parecía lo suficientemente vieja y hacía milagros. Esto último por supuesto que era un criterio importantísimo; el problema es que esos milagros ocurrían en lugares lejanísimos. Pero la gente necesitaba creer. Por no decir que muy pronto se formó un problema de político: si Paris tenía una astilla de la santa Cruz, entonces Aquisgrán tenía que tener la cobija del niño Jesús, luego Viena tenía que tener la lanza del costado de Cristo, entonces Venecia… y luego Pisa… y Colonia… y Londres. ¿Qué clase de ciudad no tenía una gran catedral, y qué clase de catedral no tenía una gran reliquia? El comercio de reliquias fue rampante en la Edad Media y generó una especie de inflación espiritual que puso a la iglesia en una situación comprometida, que acabó por un lado en el incendio de la Reforma y por otro lado en el inclemente ataque la Ilustración francesa. A la iglesia le gusta posar de perseguida, una manía que le quedó del imperio romano, pero en este tema lo que empezó como una buena idea de comunicaciones terminó como una práctica absolutamente abusiva.
Las reliquias son de tres tipos: las de primera clase son restos de los santos como huesos o pelo y también artefactos de la pasión de Cristo; las de segunda clase son ropa o artículos caseros propiedad de los santos o tocados por ellos y también instrumentos de su tortura. Las de tercera clase son una cosa complicadísima, producto de esa oferta y demanda: son reliquias que han tocado reliquias de segunda clase, es decir, son sagradas por asociación. La necesidad comercial detrás de esa definición es evidente; simplemente llegó un momento en que no había reliquias suficientes para tantas iglesias magnificentes luchando por darse un gran lugar, y en la jerarquía de los milagros son mucho menos impresionantes.











































