Mis amigos suelen preguntarme por la “mejor” baraja, lo que tiene una infinita cantidad de matices: ¿las más bonitas? ¿más acertadas? ¿más famosas? ¿mejores para novatos? ¿más fieles al original? ¿más artísticas? Cada variante tiene un resonante “depende” y las barajas en una categoría aparecen excluidas en otra (personalmente tengo barajas que me parecen bonitas pero jamás las utilizaría, forman una personalísima historia del arte aplicada al tarot) y, encima, eso sería mi muy limitada opinión. Para responder recurrí a un artificio: desde 1999 hay encuestas especializadas haciendo esa pregunta y por casualidad tengo en mi colección las barajas del Top Ten de los mazos más famosos (aunque no se especifican categorías, creo que se mide la belleza estética, el simbolismo esotérico y la calidad de las lecturas, los cual tiene que ver con los libros acompañantes: estas barajas en ocasiones son auténticos kits de trabajo. Durante esta semana, si todo va bien, reseñaré estas barajas, arrancando por el 10 y terminando en el 1 porque yo soy hijo de la generación del American Top Forty y los listados que semana a semana anunciaban en forma ascendente la canción más famosa del momento :)

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Número 10. The Victorian Romantic Tarot. Creado por Karen Mahony y Alex Ukolov, publicado por Magic Realist Press en 2006, collages digitales. Por la creatividad en sus barajas este dúo se viene afianzando como productores sólidos, siempre inspirados en el sistema Rider Waite pero alejándose de él tanto como pueden. El origen de este mazo es un libro de grabados del siglo XIX, un arte típico de esa época de ascenso del industrialismo e idealizada vida rural: las postales, tarjetas, afiches, calendarios se convirtieron en una industria despreciada por la historia oficial del arte, la cual sólo ve en ellos preciosismo afectado, sosa cursilería y, sobre todo, degradación del arte para bajarlo de la “alta” cultura que sí sabe verlo, apreciarlo (y comprarlo…) a la gente de la calle que consumía este sucedáneo como artístico como si fuera la cosa real. Esta baraja glorifica este arte popular en sus fuentes (el libro acompañante detalla el origen mediato de cada ilustración: en lo que tiene que ver con el tarot ese origen común a veces es una limitante porque algunos naipes resultan demasiado parecidos), la textura y los colores, además de la historia: el libro es estupendo para aprender sobre ese periodo estudiando las cartas. He conocido gente que ha aprendido a manejar el tarot con este mazo y le va bien, pero como siempre, quien quiera usarlo debe resonar con su arte más bien cursi y pegajoso pero precisamente ésa es su gracia. Los ambiguos significados que propone el libro son excelentes para dar nuevas ideas, pero quien apenas empiece deberá acudir a fuentes más tradicionales.

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Número 9. Robin Wood Tarot. Creado por Robin Wood, publicado por Llewelyn, 1991. Robin Wood tiene una ventaja gigantesca sobre la inmensa mayoría de los diseñadores de barajas: es guionista y dibujante profesional de historietas. A eso hay que sumarle su extraña historia personal: nació en Paraguay de familia escocesa, de quienes aprendió desde niño la mitología celta, en una fracasada comuna socialista-indígena donde entró en contacto con las mitologías nativas americanas, todo lo cual acabó gestando una muy peculiar forma de paganismo. Pasó de orfanato en orfanato y consiguió entrar a estudiar arte en Buenos Aires, donde conocería a la gente que cambiaría su fortuna para siempre (una de sus sagas, Nippur de Lagash, se publicó ininterrumpida desde 1967 hasta 1998). Todo esto Wood lo aplicó a su baraja, la cual según él desarrolló durante una década y se ha sostenido en los primeros puestos de venta desde hace casi 20 años. Eso se debe a la aplicación de técnicas propias de historieta al trabajo, que vuelven esta baraja muy amistosa con detalles pulidos y colores intensos. Es como si Wood se hubiera preguntado ¿por qué invierte la gente en historietas? y hubiera aplicado esa respuesta a su baraja. Su gran éxito fue la actualización de la imaginería Rider (digan lo que digan sus defensores, esta baraja es un clon del Rider-Waite, aunque tiene elementos del paganismo wicca) a un imaginario fantástico más “actual”: sus personajes medievales parecen sacados de “El Señor de los Anillos” y la inmensa cantidad de detalles le sugiere cosas diferentes a diferentes tipos de lector, por no mencionar la maestría en el uso del color, que en una copia escaneada no alcanza a apreciarse del todo. Quizá es hoy por hoy el tarot más usado para iniciarse en la lectura (es la opción que suele ofrecerse a los principiantes que no pueden con el Rider Waite), aunque los lectores ya veteranos rara vez lo tienen como su primera herramienta.

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Número 8. Golden Tarot. Creado por Kat Black, publicado por US Games Systems, 2004. El gran éxito de esta baraja reside en su arte, algo que la artista australiana Kat Black llama “gótico internacional”, pinturas producidas en Europa entre el siglo XII y el XVI, teniendo cuidado de evitar a los grandes maestros de la Baja Edad Media y el Renacimiento como Giotto, Da Vinci o Miguel Angel. Puse menos cartas de esta baraja para ampliarlas más y mostrar sus detalles: ninguna de las pinturas existe como la pinta la carta, son elementos de muchas obras pero ni uno solo es dibujado por la propia Black, que busca en cientos de pinturas de la época cada detalle que necesita para complementar su idea simbólica de cada naipe. La calidad del trabajo es tal que tengo amigos ilustradores profesionales incapaces de ver las costuras de cada composición. Aunque el sistema simbólico es el Rider, es claro el amor que sentía la autora por las primeras barajas, las Visconti-Sforza y por el arte del miniaturismo medieval. Esta baraja primero se conseguía en línea pero fue pirateada en unas cartas de acabado bastante regular, así que en 2004 Black llegó a un acuerdo para venderla a través de la editorial de tarot más grande del mundo, US Games Systems. La baraja se convirtió en un éxito instantáneo porque el diseño de su caja, su libro miniatura, sus bordes en tinta dorada imitan un códice medieval; de hecho, la autora aconseja usar esta baraja a la luz de las velas, como se vería en un monasterio.

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