Antes de este evento, las momias causaban más curiosidad que terror, pero luego de este hallazgo estos embalsamados entraron a competir con vampiros y hombres lobo. Los norteamericanos le llaman “el rey Tut”, como íntimos amigos. Y a este simpático sujeto se le atribuye una maldición que ha eliminado a una cantidad de gente. La principal víctima ha sido la verdad histórica y un montón de cinéfilos.
La idea es que había una frase horrible mencionando alas negras de la muerte a la entrada de la tumba, sugiriéndole a los allanadores que se mantuvieran lejos del lugar. Por no hacer caso, todos, absolutamente todos los relacionados con la expedición que descubrió y desenterró la tumba de Tutankhamon murieron: el arqueólogo, el financiador, los porteadores, los excavadores, el perro, el gato y hasta un canario que andaba por ahí. De hecho, es un milagro que uno sobreviva luego de ver la máscara expuesta en el Met de New York.
Históricamente Tut no es gran cosa: subió al trono a los nueve años y murió a los 18, sus consejeros gobernaban mientras el reyecito hacía castillos de arena o jugaba a rodar por las dunas. Eran dientón, bajito y flaquito, producto de un incesto y su reinado intrascendente, pero por eso mismo parece que los saqueadores no se olvidaron de él y su tumba fue desenterrada intacta. Imponente y todo, posiblemente no era gran cosa según los estándares del rico imperio egipcio, pero como es lo que hay…
Según la leyenda a la entrada decía Aquél que entre esta sagrada tumba rápidamente lo alcanzaran las susurrantes alas de la muerte. La primera vez que Tut dijo eso fue en un periódico inglés; las frases intimidantes eran usuales pero no servían para espantar gente, sino para que las estatuas de los dioses ayudaran al fallecido a pasar al más allá, dándole ánimos. Soy yo quien aleja la arena para que no ahogue la cámara secreta. Estoy aquí para proteger a los muertos decía la estatua del dios chacal Anubis en la tumba. Pero a un reportero le pareció incompleta la frase, le faltaba… ¿cómo decirlo? Terror, así fuera de feria: desde entonces se “lee” al final Y mataré a aquellos que pasen este umbral hacia los sagrados aposentos donde vive para siempre su Alteza Real. Lo del dios puesto a barrer arena quedó de lado, pero no importa cuánto egipcio antiguo estudie usted para leer la inscripción en la colección de El Cairo, le aviso que le espera una desilusión si busca esas palabras en el original…
El ejemplo supremo que se cita para demostrar la potencia de la maldición es Lord Carnavon, el financiador de la expedición cuya muerte se atribuyó a la violación de la tumba. No importa que la historia médica diga que murió de neumonía, no, todo el mundo sabe que lo mató la maldición. Es más, en cuanto murió, su perro en Londres empezó a aullar y murió y encima hubo un apagón en Egipto. Faltó que se rasgara el velo del templo. Lo del perro no se sabe por seguro, pero sí hay casos documentados de mascotas que mueren a la distancia con sus dueños. En cuanto al apagón, aun si ocurrió, nada tiene de raro en los 1920 en una ciudad no especialmente bien planeada.
Lo que pasa es que la muerte de Carnavon fue oportuna para probar un prejuicio porque para ese momento la idea de la maldición ya estaba bien asentada. Cuando Howard Carter, jefe de la expedición, desenterró la tumba, empezó a decirse que a todos los involucrados les esperaban cosas horribles. La idea se vio reforzada cuando una cobra se comió al canario mascota de Carter, pues las cobras, en el folklore egipcio, son representantes y custodias de los faraones.
Juntando la muerte de Carnavon y el canario, el morbo de la leyenda y el magnífico tesoro, la historia alcanzó proporciones épicas. Los periódicos competían por el ángulo más sensacionalista. Arthur Conan Doyle, el creador de Sherlock Holmes, por ejemplo, afirmó que los antiguos egipcios inventaron la guerra química: según él, estos sacerdotes dejaban esporas mortales para infectar a los saqueadores de cosas como… neumonía. De lo que había muerto Carnavon. Así que entre los médicos más demostraban el cuadro que había matado al noble, más demostraban la maldición, sin importar que Carnavon llevara 20 años de pésima salud.
La maldición sería creíble si todos los participantes hubieran sido masacrados, ojalá en accidentes bizarros como los de Destino final. Pero aquí los historiadores de maldiciones se tienen que esforzar bastante: el cuento es que la maldición se demoró en unos casos más que en otros, tomándose su tiempo, pero al final los alcanzó a todos. Pues sí, seguro… ¿qué culpa tenían los egipcios de que sus momias necesitaran tiempo para recuperar fuerzas entre cada asesinato? Howard Carter, el que verdaderamente encontró y violó la tumba vivió 17 años más, diez trabajando en las excavaciones. Richard Adamson, un guardia que durmió en la tumba, murió en 1982 a los 81 años y la hija de Carnavon, que entró con él, murió en 1980 a los 78. Pero que se murieron todos, se murieron todos, si fue o no la maldición le queda a cada quien, que aquí se respetan todas las creencias. Pero básicamente lo más duradero de toda esta historia… es el mito de la maldición.



